Sabado 19.08.2017
Actualizado hace 10min.

Obscena complicidad: El poder busca recuperar el Hotel Bauen

En una investigación del sitio nuestras voces se transparentan las obscenas relaciones entre el poder ejecutivo, el poder judicial y el poder económico.Buscan desalojar a 130 familias de la Cooperativa Hotel Bauen.

 
El Presidente vetó la ley que expropia el hotel construido con un crédito de la dictadura militar que nunca se pagó.
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Tras el veto del presidente Mauricio Macri a la ley de expropiación del autogestionado Hotel Bauen, la jueza Paula Hualde fijó la fecha para su desalojo. Susana Beatriz Esposito, apoderada de Mercoteles SA, la firma que dice ser dueña del Bauen, es comunera del Pro en el barrio de Caballito, amiga de Hualde y esposa del influyente jefe de la Agencia Gubernamental de Control (AGC), Ricardo Pedace, ex subjefe de la policía Metropolitana.

Como todo estadista de fuste, Mauricio Macri resalta por su notable sutileza en el manejo de los tiempos políticos. Sin ir más lejos, supo dar rienda suelta a tal virtud en el transcurso mismo de la Navidad –así como consta en el Boletín Oficial del 26 de diciembre de 2016–, al aprovechar el receso parlamentario para suprimir tres leyes recientemente aprobadas por el Senado; a saber: la que reinstaura el salario mínimo profesional, la que fija el protocolo preventivo de la trombofilia y la que legitima la expropiación del hotel Bauen, administrado desde 2003 por sus trabajadores. Este último veto era, por cierto, previsible, ya que nunca fue un secreto la animosidad del Presidente hacia esa experiencia autogestionaria. Tampoco fue una sorpresa que su tiro de gracia haya corrido por cuenta de la titular del Juzgado Comercial Nº 9, Paula Hualde, quien acaba de ordenar el desalojo del establecimiento, situado en la avenida Callao 360, y su devolución a los antiguos propietarios. Una sintonía muy republicana entre los poderes del Estado. Y con ramificaciones dignas de atención

En este punto bien vale retroceder al 28 de octubre de 2016. Ese viernes, en un salón de la Bolsa de Comercio, el Foro de Estudios sobre la Administración de la Justicia (FORES) y el Instituto para el Desarrollo Empresarial Argentino (IDEA) –dos factorías doctrinarias del extremismo neoliberal– concedieron el Premio de Excelencia Judicial a la doctora Hualde. Ella agradeció la distinción con sentidas palabras, en las que atinó a definirse como “una magistrada que cumple su mandato constitucional en silencio, con responsabilidad y sin salir en los diarios”. El público aplaudía a rabiar. Entre los más fervorosos estaba el ministro de Justicia, Germán Garavano, y su par bonaerense, Gustavo Ferrari, rodeados por lo más selecto del establishment jurídico-económico. También había una mujer algo retacona, ya madura y teñida de rubio que al finalizar el acto dio la nota al trotar hacia la galardonada para felicitarla con un afectuoso beso en la mejilla. Era Susana Beatriz Esposito, nada menos que la apoderada de Mercoteles SA, la vidriosa firma que dice ser dueña del Bauen.

 

El caballo del comisario

A simple vista, el veto de Macri puede ser leído como un tema de practicidad: falta de presupuesto para financiar la expropiación, tal como oportunamente se fundamentó desde el PRO –pese a que la ley cargaba el costo económico del proceso en la cooperativa–. Claro que también fue esgrimida una cuestión de principios: el acto de recuperar una empresa por sus empleados no constituye un tema de “utilidad pública”. Un modo eufemístico de privilegiar a ultranza el sagrado sentido de la propiedad privada ante el derecho al trabajo. Tanto es así que en sus tiempos de alcalde porteño el actual Presidente vetó toda ley en beneficio de las empresas autogestionadas. Pero en este caso en particular, su negativa sugiere motivaciones personales y partidarias. El protagonismo de la señora Esposito en el conflicto es un indicio de eso.

Ocurre que “Susy” –tal como la llaman sus allegados– es comunera del PRO en el barrio de Caballito (Comuna 6). Pero ese no es justamente el factor que habría empujado al primer mandatario a terciar en la puja por el hotel Bauen. Más allá del cargo obtenido por la voluntad popular, esa mujer de 65 años que se presenta como abogada, escribana y licenciada en Seguridad, no es otra que la esposa del influyente jefe de la Agencia Gubernamental de Control (AGC), Ricardo Pedace. No está de más repasar su historial.

Susana Espósito junto a su esposo, Ricardo Pedace.

Ese hombre fue uno de los oficiales de la Policía Federal que prolongaron su carrera en la Metropolitana. Con el grado de comisario mayor en su fuerza de origen, llegó a la jefatura de la Dirección de Prensa, hasta el 27 abril de 2011, cuando tramitó su retiro –sugerido por la entonces ministra de Seguridad, Nilda Garré– por ciertos problemas que se le avecinaban; el más picante, ser sospechado de boicotear con propósitos desestabilizadores los foros de seguridad impulsados por el gobierno anterior.  

En los años precedentes había encabezado la custodia de Eduardo Duhalde cuando ocupaba de manera interina el sillón de Rivadavia. En aquella etapa, entabló un provechoso vínculo con el entonces jefe de la SIDE, Miguel Ángel Toma. Fue precisamente él quien procuró su contratación en la aún flamante mazorca macrista. Y con el siguiente cargo: superintendente de Seguridad; así, de la noche a la mañana, Pedace se transformó en el segundo en jerarquía de la Metropolitana, detrás de su antiguo camarada en la Federal, Horacio Giménez. A partir de ese momento, ellos formaron una dupla memorable; sus gestas más gloriosas: el violentísimo desalojo de la Sala Alberdi del Centro Cultural San Martín y la desaforada represión contra médicos y pacientes psiquiátricos del Hospital Borda, una osadía que ni el mismísimo Idi Amín se hubiera atrevido. Pedace abdicó a su carrera policial a fines de diciembre.

Ahora el marido de Susy es el jefe de todos los inspectores de la Ciudad.

Pedace entabló un provechoso vínculo con el entonces jefe de la SIDE, Miguel Ángel Toma. Fue precisamente él quien procuró su contratación en la aún flamante mazorca macrista. Y con el siguiente cargo: superintendente de Seguridad; así, de la noche a la mañana, Pedace se transformó en el segundo en jerarquía de la Metropolitana, detrás de su antiguo camarada en la Federal, Horacio Giménez.

En el aspecto familiar, no hay dudas de que ellos conforman un matrimonio bien avenido. Y al punto de compartir algunos hobbies, como la radiofonía. Al respecto, el público de la FM 92.7 –integrada al Sistema Público de Medios de la Ciudad– escucha los martes a las 20.00 el ciclo Ciudad Tango, conducido por ambos, con abundante información sobre comunas porteñas y entrevistas a personajes barriales, además de consejos y comentarios sobre seguridad.

Este último es a todas luces un tema central en la pareja. Por lo pronto, junto a su licenciatura en dicha especialidad –obtenido en el Instituto Universitario de la Policía Federal–, ella regentea –en sociedad con Diego Requejo, Carlos Aldegunde y Javier Krichevsky– la empresa Corp-Design SRL, dedicada a la comercialización de productos y accesorios destinados a fuerzas de seguridad, un emprendimiento muy oportuno para una mujer casada con el subjefe de una agencia policial.

Cabe destacar que en los últimos tiempos se vio obligada a desatender esta y otras actividades debido al tiempo que le insumían sus tareas como apoderada de Mercoteles en su litigio por el Bauen. Pero, como ya se vio, no fue en vano.

El color del dinero

El sueño de la expropiación del Bauen se quebró con el veto de Macri. Ahora, sus trabajadores están en pie de lucha para resistir el desalojo ordenado por la jueza Hualde. En medio de tamaña batalla contra el reloj, los empleados más veteranos evocan el remoto comienzo de esta trama.

El origen del hotel está íntimamente ligado con la última dictadura. Incluso, su edificio se construyó para inaugurarse durante el Mundial ’78. Para tal fin, se utilizó un crédito blando otorgado con el visto bueno de la Junta Militar a través del Banco Nacional de Desarrollo (Banade)Su beneficiario: Marcelo Iurcovich, un empresario ligado al almirante Emilio Massera. El inmueble se edificó en tiempo record, aunque el crédito jamás fue abonado.

El origen del hotel está íntimamente ligado con la última dictadura. Incluso, su edificio se construyó para inaugurarse durante el Mundial ’78. Para tal fin, se utilizó un crédito blando otorgado con el visto bueno de la Junta Militar a través del Banco Nacional de Desarrollo (Banade)

Tanto el hotel como la deuda impaga sobrevivieron con creces al régimen e, incluso, al Banade tras su ruidosa quiebra. El sistema ideado por Iurcovich con el propósito de persistir en el tiempo incluía balances falsos para cobrar los certificados de construcción. Y cambios recurrentes en la razón social de la firma para eludir derechos y cargas previsionales de los empleados. Dicha operatoria se tradujo en una amplia red de empresas fantasmas, puestas a la vez al servicio de la evasión tributaria y el lavado de dinero. Así transcurrieron casi dos décadas.

En 1997 se anunció la venta del hotel al grupo chileno Solari SA; se trató de una operación oscura, atravesada por la recesión de la época. En 2001, todo se desplomó, y Solari presentó la quiebra. Iurcovich, entonces, ofreció devolver la seña –cuatro millones de dólares– para recuperar el inmueble. Y lo logró, aunque, fiel a su estilo, sin pagar un solo peso. Fue su último acto en el mundo de las finanzas, antes de exhalar su último suspiro. En 2003, la cooperativa de trabajadores del Bauen tomó el control de la empresa.

En 2004, sorpresivamente, Hugo Iurcovich –hijo y heredero de Marcelo– anunció que había vendido la propiedad a Mercoteles.

De manera notable, entre la sociedad vendedora y la compradora había los mismos nombres. Luego se agregaron otros. Entre ellos, el de Susana Beatriz Esposito. Esa es la historia en la que Macri intervino con su veto. Una historia con final abierto.

Fuente: Nuestras Voces